Relato Vespa ServicioDe pequeña escuchaba a los adultos hablar de muchas cosas. Infinidad de palabras que no entendía y que escuchaba asombrada, con la mirada dilatada que ponen los niños cuando no entienden algo. Los fines de semana los pasaba en casa de mis abuelos paternos, valencianos, y era apasionante la cantidad de palabras nuevas que escuchaba por primera vez entre aquellas paredes y que intentaba descifrar... Las traducía al castellano, las repetía una y otra vez, desmenuzaba en mi boca cada sílaba, y aun así, muchas seguían siendo totalmente desconcertantes. Ir a casa de mis abuelos era para mí sin duda lo más parecido a viajar a un país extranjero.

Cada fin de semana volvía a mi casa cargada de palabras nuevas que almacenaba en algún cajón de mi cabeza esperando el momento de poder utilizarlas al menos como arma arrojadiza o algo parecido contra alguien que hablase la lengua paterna.

Hubo un fin de semana en el que una palabra destacó frente al resto y que todo el mundo repetía cada vez que abrían la boca. La palabra que cobró todo el protagonismo fue: “Vespa”.

La escuché por primera vez en el recibidor cuando mi abuelo cerró la puerta de un talonazo. Era temprano y venía del horno. Cargaba de ambos brazos dos bolsas de tela llenas de barras de pan caliente que asomaban por el borde. Se estaba descalzando cuando le gritó a mi abuela que se iba a comprar una “Vespa”. Yo arrastre mi pantalón de pijama, dos tallas más grandes de mi edad, hasta la cocina, donde mi abuela preparaba el café. El castañeo de la tapa de la cafetera no me dejó escuchar la respuesta que le dio a mi abuelo, pero por tono agudo que utilizó, creo que no estaba muy de acuerdo en que esa “Vespa” estuviera presente en nuestras vidas.

“Vespa” repetí varias veces bajo el umbral de la puerta de la cocina. Era apasionante al fin entender una palabra en aquel universo de misterio, sólo me faltaba descubrir porque mi abuelo quería comprar una! Cuando había sido mucho más pequeña me habían picado catorce vespas. Un día estaba jugando en la casa de campo de mis abuelos a la que solían llamar “El secano”. Creí entender porque le llamaban así, cuando en el colegio nos explicaron la diferencia entre tierras de secano y tierras de regadío, pero esto no hizo más que enredar más todavía las palabras en mi cabeza. Porque en las tierras de mi abuelo había todo tipo de árboles: un árbol daba nueces, otro daba almendras, pero también había otro árbol que daba higos y otro que daba peras, y cientos que daban naranjas... Al final mi conclusión fue pensar que las tierras de mi abuelo formaban parte también de un territorio extranjero que seguramente estaba fuera de las fronteras que conocía el profesor de mi colegio y que eran una especie de tierra por descubrir, que te permitía plantar de todo. Jugando junto a la casa de “El secano”, descubrí pendiendo de un árbol, una bola parecida a una pelota de cuero. Estuve entretenida dándole con un palito hasta que cayó al suelo. Me asustó bastante el ruido que hizo al caer, ya que sonó como un crujido cuando algo se rompe. Me giré y vi a mi padre mirándome por la ventana desde el interior de la casa. Y escuché como le preguntaba a mi abuela si la crema para las picaduras que había en el botiquín estaba caducada. De repente de la pelotita empezaron a salir decenas de avispas que empezaron a volar alrededor de mi y pese a que no hice ningún movimiento brusco, tal y como me había dicho mi madre que tenía que hacer si me encontraba en alguna situación de este tipo frente a algún animal peligroso, me picaron en un ojo, en ambas mejillas, en el cuello y en la mano izquierda. Jamás olvidaré un dolor tan profundo.

Por eso, bajo el umbral de la puerta de la cocina, mientras observaba a mi abuela preparar el desayuno, lo que no entendía muy bien es que mi abuelo quisiera comprar una criatura tan peligrosa, ni para qué. Es normal que mi abuela se enfadase con él. Yo también lo estaba!

Las semanas siguientes fueron una tensa espera a que llegase la “Vespa” a casa. Mis padres estaban entusiasmados con tal adquisición y no paraban de repetir que era lo mejor para mi abuelo. Hasta mi tío, que vivía con mis abuelos, canceló su habitual tarde de cine para ir a recogerla.

Era un sábado por la tarde cuando un sonido nuevo para mi se detuvo ante la puerta de la casa y todo el mundo dejó todo lo que estaba haciendo para salir a la calle. Allí estaba, roja, brillante y luminosa, la nueva moto de mi abuelo. La “Vespa”. Ese día aprendí que iba a ser más complicado de lo que pensaba entender el significado de las palabras. Porque no sólo tenían uno, sino que por lo visto, había palabras que podían significar dos cosas totalmente diferentes.

Yo no tardé en investigar a fondo aquel objeto que escuchaba que iba a hacer la vida más fácil a mi abuelo. Ni en encontrar el tapón del depósito de la gasolina. Me escondía para destaparlo y aspirar un olor que me volvía loca. Por las tardes después de comer, mientras los mayores tomaban café y después de que mi madre me diese mi dosis ,de una gota, de aquella sustancia amarga en su cucharilla, me iba al porche donde estaba aparcada la Vespa. Era increíble destapar aquel tapón y aspirar un aroma que hacía que mi imaginación se disparase. No estoy muy segura de las horas que podían pasar desde que lo destapaba, ni si los efectos que provocaba en mi eran los causantes de que pasase mis tardes inmersa en una ensoñación en la que mantenía animadas conversaciones con todos los animales de la casa, y ellos me entendían a la perfección.

Todavía no sé cómo mis padres me dejaron volver aquél domingo del campo en la Vespa. La casa del campo estaba a escasos kilómetros de la casa del pueblo. Así que por no escuchar mis sollozos en el coche durante todo el camino de vuelta, me subieron en la Vespa, y listo. Mi abuelo le dio una patada al pedal y arrancamos. Fue increíble como el rugido del motor erizó mi piel. Y como el camino que hacía todos los domingos en el 127 de mis padres, se convirtió en un paisaje totalmente nuevo.

Los árboles parecían mucho más verdes y el cielo tenía un color naranja brillante que nunca antes había visto. Fue un instante en el que el tiempo parecía haberse detenido. Cerré los ojos y noté la brisa mojada en mis mejillas y un intenso olor a naranjas. Entonces mi abuelo detuvo la moto en la cuneta y señaló la vieja casa en ruinas que asomaba entre los naranjos y que yo siempre veía tras la ventanilla del coche, y pensaba quién habría vivido ahí y porque estaban rotos los cristales de las ventanas.

-¿Ves esa casa?-me dijo. Esa casa iba a ser mi taller. Para abrirlo había trabajado tantos años. Las vueltas que te da la vida, te aleja muchas veces de lo que quieres. Nunca abandones tus sueños. Lo que dejas para “mañana” la mayoría de veces se convierte en “nunca”.

Volvió a darle una patada al pedal y seguimos el camino a casa. No pude pronunciar una palabra. Guardé durante años frente a aquel momento un respeto absoluto que me impidió preguntarle el por qué jamás llegó a abrir aquel taller. Hubo muchos domingos en los que hicimos juntos el camino a casa. El montar en la Vespa se había convertido en uno de mis pequeños placeres. Pero nunca más volvió a detenerse frente a aquella casa. A veces le veía como miraba de reojo al pasar por delante. Pero ahí quedaba todo. Quizás se arrepintió de contármelo. Por si acaso yo nunca le pregunté.

Olvidé el episodio. Hace unos días mi abuelo decidió marcharse de viaje a ese lugar en el que él nos decía que podría fumar tranquilo y comer todo lo que quisiera, y se fue, sin más.

Tras en el funeral, estando en su casa acariciando sus cosas, encontré en un cajón todos los relojes que le habíamos regalado durante años, junto a decenas de calcetines y pañuelos sin estrenar acumulados hacinados navidad tras navidad. En su mesilla de noche reposaba su viejo reloj de muñeca y su gorro de lana beige con la franja marrón que tanto me gustaba. Olía tanto a él que era como si estuviéramos en la Vespa de vuelta a casa y yo respirase su olor mezclado con el viento y las flores de los naranjos.

En el porche todo estaba como siempre. Reinaba el desorden de cajas y cajas apiladas, medio abiertas. Y junto al limonero, como siempre, aquella caja. Sobre la estantería de acero, como en un lugar privilegiado, aquella caja de cartón perfectamente resguardada, separada del resto. Nunca nadie le había quitado el precinto. Quizás cuando fue entregada a su destinatario ya nadie esperaba su llegada.

Es curiosa la rapidez con la que los adultos perdemos el entusiasmo por las cosas. En aquel momento me vi como cuando era niña rasgando el papel de los regalos, con el corazón a punto de explotarme en el pecho y la emoción de abrir algo guardado con tanto cariño por mi abuelo durante años.

Envuelta en plástico de burbujas enormes había una esfera de hierro plateada. Le di la vuelta y leí: “Vespa Servicio”.

Después de más de cuarenta años encontré el tesoro que mi abuelo había esperado a abrir durante décadas y que se había marchado sin ver: el cartel luminoso del taller de sus sueños.

Hoy paseando por mi barrio me he detenido a ver el escaparate de una tienda nueva. Está llena de objetos increíbles, de piezas originales de tiempos pasados. No puedo esperar a entrar. Lástima que sea domingo.

Cuando pensaba retomar el paseo mi mirada se detuvo ante un objeto colgado al fondo, en una de las columnas de la tienda. Era un cartel que en el que se leía: “Vespa servicio”.

Me quedé frente al cristal durante horas. Ya era de noche cuando empecé a caminar hacia mi casa, con un único propósito que me cortaba la respiración a la vez que me llenaba de entusiasmo: conocer la historia de aquel cartel.